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Sin Cielo ni Infierno
(Paráfrasis de la canción “Mirando de lado” de Kinky)
Mirar el mundo con otros ojos, creo yo, es un don. Encontrarse mirándolo así, creo yo, es imposible. Probablemente, el modo más evidente y práctico de hallarse en dicha perspectiva sea mirando de lado: Se comienza por girar la cabeza 45 grados, como si se apoyase sobre uno de sus hombros, izquierdo o derecho según su preferencia, pudiendo utilizar éste como almohada. Recostada la cabeza, se procede a abrir los ojos y usted estará mirando de lado.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, el barandal se vuelve una escalera con barrotes, con barrotes que nacen de un costado. La gente que, cada vez más apurada camina como si algo más importante que respirar o dar un beso tuvieran que hacer, comienza a escalar o descender, como yendo en busca del destino inevitable, averno o paraíso. Y el poder de asignar destinos recae por completo en el azar con el que decido la inclinación de mi cabeza, sin ser poeta (como escribió una vez Vicente Huidobro), me siento un pequeño Dios.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, lo que antes era calle, se ha convertido en un muro pavimentado por el que subo (porque siempre subo… nadie quiere bajar… creo) montado en mi bicicleta, esquivando insectos gigantes de metal, adelanto un escarabajo (de marca Volkswagen) y freno frente a una oruga letal (de la línea 210). Nadie dijo que el ascenso a la diestra de Dios iba a ser fácil.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, el humo del tabaco se dispara, se dispara de la punta del cigarro y apunta directo a mi pecho - claro, me disgusta, me hace toser, “te pudre los pulmones” me dijeron – y escapa de las bocas de las personas, tal como las palabrotas que debemos oír de vez en cuando, como el escupitajo que antes fue la molesta picazón en mi garganta y hoy es la incómoda necesidad de mirar diferente.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, las aves nadan ágilmente como peces en el cielo que se ha convertido en lago. Mirarme de pies a cabeza, pasando por las ruedas y metales de mi bicicleta, me aterriza, aferrado a esta pared de asfalto, jamás podré alcanzar esas ideas que aún nadan en el cielo, ese en el que a veces creo vivir; cerca de lo divino: tomándome un té con Buda, discutiendo con Platón, cantando canciones con Lennon, pero primero, conviviendo con mis ideas, conociendo el paraíso.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, arriba y abajo no importan y quizás por eso, al caminar la gente nunca mira el cielo.
Chocar con un poste es mi freno, por mirar de lado, me he distraído de lo “normal”. Quizás hoy, el poste se ha convertido en el techo que limita mi ascenso y me obliga a retomar la atención en el mundo común y corriente, dejar de pensar en el arriba paradisiaco y en el abajo infernal. Si, después de todo, al mirar “como se debe” otra vez, puedo encontrar a Dios a mi lado, caminando o evadiendo pagar el paseo en locomoción y hallar a Belcebú estrechándome la mano o amasando el pan que más tarde comeré. Creer que el bien y el mal tienen una orientación que podemos identificar y seguir, es tan utópico como creer que el mundo tiene más perspectivas que la mía.
Cuando miro de lado, confundo horizontales con lo parado, por suerte, prefiero siempre ir hacia adelante.