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Fabricando el siglo XX
Ensayo publicado el 26 de septiembre de 2011 - a raíz del análisis de las películas “El triunfo de la voluntad” y “El hombre con la cámara”
Al hablar de la Alemania nazi, es imposible pasar por alto aquellos primeros indicios del auge de la propaganda política que, luego vendría a hacer eco en la Unión Soviética e, incluso, en los Estados Unidos en la época de la guerra de Vietnam, con el ya conocido Tío Sam.
El doctor en comunicación de la Universidad del Estado de Florida, Richard Alan Nelson, menciona en su libro “A Chronology and Glossary of Propaganda in the United States”(“Una cronología y glosario de la propaganda en los Estados Unidos” en español), “de forma neutral la propaganda es definida como una forma intencional y sistemática de persuasión con fines ideológicos, políticos o comerciales, con el intento de influir en las emociones, actitudes, opiniones y acciones de los grupos de destinatarios específicos a través de la transmisión controlada de información parcial (que puede o no basarse en hechos) a través de los medios de comunicación masiva y directa.” Con dicha frase, queda clara la corroboración de la teoría de que la propaganda, como el periodismo, es factor esencial en la construcción de realidad de los individuos y masas y que, más aún, esta tarea puede llevarse a cabo acudiendo a la censura u omisión de información, haciendo énfasis en “… a través de la transmisión controlada de información parcial…” del enunciado; es ahí, entonces, que se cae en el debate de qué tan verdad es la verdad que se nos presenta y qué tanto derecho a la información tenemos los hombres y mujeres aparentemente libres hoy en democracia o antes, en regímenes totalitaristas como los europeos.
La responsabilidad del periodista, como la de aquellos que hicieron, hacen y seguirán haciendo la propaganda, es, en gran parte, construir la realidad de la mayoría de los individuos que, hoy más que ayer y, probablemente, mañana más que hoy, se rige por los mensajes y estímulos que los medios de comunicación masivos envían a todos sus receptores. Pues, aunque estos medios han evolucionado, llegando incluso a hacer parte a los receptores de los emisores en el proceso comunicacional, volviendo a éste, un proceso bidireccional que, aún así, genera efectos en sólo una parte de él: el público.
Ayer, en tiempos de totalitarismo, más adelante en tiempos de guerra y hoy, en, aparente, paz y democracia, somos parte – y víctimas, bajo mi perspectiva – de la propaganda. “El triunfo de la voluntad” (del año 1935) y “El hombre con la cámara” (del año 1929) son filmes que hacen perfecta alusión a esta propaganda de tan buena factura que fundan los cimientos de esta construcción de realidad a medias que, entre otros, propone Richard Alan Nelson y que hoy, aún, se puede buscar corroborar.
Para entender los filmes de Dziga Vértov y Leni Riefenstahl (“El hombre con la cámara” y “El triunfo de la voluntad”, respectivamente), se debe tener en cuenta que ambos son realizados por encargo de los totalitarismos reinantes – no por nada el mismo Adolf Hitler es, además del protagonista, uno de los productores del film de Riefenstahl. Para referirnos a este último documental, es práctico dejar explícito el carácter de oda que éste tiene con respecto al Führer, como principal personaje e ícono del nazismo.
“El 5 de septiembre de 1934, … 20 años después del estallido de la Guerra Mundial … 16 años después del comienzo de nuestro sufrimiento … 19 meses después del inicio del renacimiento alemán … Adolf Hitler voló otra vez a Núremberg a inspeccionar las columnas de sus fieles seguidores”. Esas son las palabras que dan inicio a la película hecha, según los mismos realizadores, “por nazis, para los nazis y sobre los nazis”, a modo de una radiografía de aquella magnificencia que rodeaba al movimiento que, aún dentro de su popularidad, buscaba llegar y arraigar a aquellos más desinteresados en la política. Así, esta obra de gran trascendencia para el género documental de presupuesto ilimitado, se esmera en presentar a Hitler como una especie de nuevo mesías que, luego de este inicio del renacimiento alemán, venía a salvar al pueblo de su sufrimiento y a ponerlo de pie. Hitler deja de ser sólo un líder político o un personaje y se vuelve un ícono, que toma a todo el pueblo alemán y, según la pantalla, lo engloba por completo bajo la esvástica – después de todo, es esa imagen la que se quiere proponer como cierta y, sobretodo, correcta: está bien ser nazi.
Ver a Adolf Hitler saludando jóvenes uniformados, mujeres y niños con la cara empapada de esa esperanza tan bien construida, no se aleja tanto del político en campaña haciendo el “puerta a puerta”, abrazado junto a jóvenes en un afiche o besando guaguas en un tumulto de madres. Sea un totalitarismo que busca la aprobación de quienes componen y validan la situación o una democracia que busca la aprobación de quienes componen y validan la situación, no es tanta la diferencia – es sólo una palabra la que, décadas después, valida la verosimilitud de una frase entera.
Hay ideas, modelos, metodologías y conceptos que validar y, principalmente, establecer como correctos en una sociedad; para eso, se encarga la realización de una película, así nacen las “sinfonías de las grandes ciudades” como “El hombre con la cámara”. Un género basado en hacer una apología a una urbe que, gracias a los engranajes movidos por el sudor de los obreros, funciona con la perfección de la máquina más, utópicamente, perfecta.
Ver a la ciudad despertar junto a los ciudadanos y, con ello, a las chimeneas comenzar su humeo mientras el hombre que carga el carbón sonríe, es plantar un afiche con movimiento que, hoy, parece tan predecible y hasta cursi que lo haría inutilizable. Pero, considerando el contexto sociopolítico de la época, es un recurso tan válido como eficiente. Ver a esta orquesta que, en el principio de la película, afina instrumentos a la espera del público que repleta una moderna sala de conciertos es, tal vez, el recurso más metafórico que ocupa Vértov para introducir esta sinfonía que, a mi parecer, es una oda al proceso de industrialización que la revolución industrial había puesto sobre la mesa: la máquina al servicio del hombre que produce. Me resulta prudente recurrir a una canción: “Guitarra y vos”, de Jorge Drexler, donde el autor menciona la que, fácilmente, podría ser la premisa de este filme y su espíritu: “La máquina la hace el hombre, y es lo que el hombre hace con ella”, es prudente aludir a un artista para hablar de arte y hablar de la máquina cuando es ésta la madre de una sociedad que la ha hecho eje de su cultura.
Un hombre recorre la ciudad con su cámara, un modo práctico de demostrar la verosimilitud de esta radiografía que se hace de un concepto de sociedad que se quiere implantar como correcto. Una vez más aparecen los mismos conceptos, una radiografía que se tomó mal o que estamos viendo con un ojo cerrado, una realidad a medias que, bajo el rótulo de documental, se nos presentó como verdadera verdad. Es conocido el talento de Vértov en el montaje de sus obras y es por eso que, justo desde su contexto profesional, presenta este mundo pro industrialización desde el cine y la transformación del llamado séptimo arte en una industria gracias a los procesos: rodaje, montaje y contemplación.
Lo que pasó con la Alemania nazi y la Rusia comunista en los períodos de ambos filmes, se ve acrecentado décadas después en ejemplos como el, antes mencionado, Tío Sam estadounidense que, en medio de una guerra que tenía solamente enemigos, pretendía derribar la ficha de “malo de la película” que se estaba ganando el gobierno de los Estados Unidos y, por ende, el país entero. Llamando a los jóvenes a enlistarse en el ejército del modo más familiar y amigable posible era la opción más viable y eficiente que, las fuerzas armadas hallaron para enriquecer a este conflicto del único capital del que carecía: el capital humano. Ya lo había mencionado Abraham Maslow en su pirámide de necesidades humanas, dentro de las necesidades de afiliación y afecto, proponiendo nuestra necesidad como seres humanos de asociarnos, participar y así sentirnos aceptados; por eso el Tío Sam dice “Te quiero a ti”, haciendo toda la referencia al gregarismo que nuestro tío vestido con la bandera podría hacer. Puede ser la crisis de un país en una guerra mal vista o la de un país decaído después de una guerra que lo arrodilló frente al mundo entero o la de una nación que intenta poner de pie el totalitarismo soviético a manos de mecanismos desconocidos y algo increíbles, la propaganda, a través de ojos y oídos, va a calar en las mentes del pueblo para malearlo a voluntad del poderoso que la produce, funcionó a principios, mediados y fines del siglo XX e, innegablemente, funciona así hoy.
En este uso y abuso de la propaganda, hay un factor recurrente que alude al uso de personajes a modo de íconos ideológicos, lo fue Adolf Hitler en la Alemania nazi de “El triunfo de la voluntad” que, además de ser el líder del fenómeno, se volvió el símbolo de su propio totalitarismo, lo fue también el Tío Sam que, vestido con su bandera, aprobó el proceso de armar a jóvenes para luchar por los intereses de su país, lo fueron Superman y el Hombre Araña en época de guerra también, convenciendo a niños de que la guerra era lo correcto y, en cierto modo, los cientos de víctimas del atentado a las Torres Gemelas, lo han sido, promocionando el conflicto de medio oriente. Hoy, en Chile, Jordi Castell presenta la campaña del Servicio Nacional de la Mujer para evitar y denunciar la violencia en mujeres y, sinceramente, no me extrañaría ver a Condorito promocionando el programa “Salvemos el año escolar”.
Hubieron totalitarismos que, por crisis que no se supieron llevar, cayeron aún refugiándose detrás de la propaganda que avaló las metodologías practicadas, Alemania o la Rusia comunista de los años veinte. Hoy, hay metodologías avaladas por procesos llamados democráticos que, a su vez, son guiados por la construcción de realidad desarrollada por políticos, medios, comunicadores y periodistas, entre otros, que, de uno u otro modo, están contribuyendo a la propaganda que, dentro de un proceso comunicativo, influye en los receptores provocando efectos que sólo son visibles en la sociedad como totalidad.
Puede ser el totalitarismo europeo a principios del siglo pasado o la democracia chilena a principios del siglo XXI, la propaganda se ciñe a ejes tan inmutables que la vuelven un tanto predecible. El reto, para quienes pretendemos vivir la verdadera verdad y no la propuesta por los medios, es lograr identificar la verdad fabricada y evitar cualquier influencia que busque guiarnos detrás de intereses ajenos. Es la propaganda la que puede banalizar cualquier ideología y, al mismo tiempo, acercarla a quienes la ven más lejana, hizo que The Beatles se volvieran más grandes que Jesús, hizo que el Che Guevara venda más poleras con su cara que Ronaldo, hizo a Hitler el líder de un movimiento que pudo haber dominado al mundo, hizo que el Tío Sam empapelara Vietnam y, varios años después y kilómetros más lejos, seguro podría hacer que Condorito desalojara los colegios e hiciera volver a clases a los miles de estudiantes que hoy se enojaron con los poderosos. La verdad está en manos de unos pocos poderosos, pero la “verdad verdadera” está en manos de nosotros, no sé en que momento del siglo XX nos la arrebataron, ¡exijo una explicación!
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