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Té de rosas
Los amigos se reúnen a conversar. Siempre hay algo de qué hablar, aunque a veces cueste una infinidad hallarlo. Y casi por fortuna, nos encontramos afuera de un café, pisando las hojas secas sobre tierra mojada, como la espuma sobre el café. Un té de rosas pido a la mesera que me mira con cara de extrañeza, los demás: un café cortado. Si pudiera compartir cada vez que veo las rosas secas en el fondo de mi taza tiñendo el calor, estoy seguro que no sería el único con flores muertas frente a él.
Seguro esas rosas estuvieron vivas un día y adornaron un jardín o la mesa de una familia que jamás entendió la altamente altruista labor de mis queridas rosas. Como la de los caracoles sobre la tierra mojada, jugando con el niño que un día fui y las hojas secas gritando por mi pisada para entretenerme aún hoy.
“Lo esencial, es invisible a los ojos”, me dijo un tal Antoine, pero de todas maneras le concedió la dicha de tener una rosa a su principito. Para mí, lo esencial no es invisible a los ojos, lo esencial es tener una rosa para oler, mirar y admirar, aunque todos sabemos que nuestra rosa también nos admira, somos su única deidad y no nos negará en su existencia. ¿Por qué será que a veces queremos negar a nuestra rosa, tomándonos un café? Mi rosa jamás permitiría que lo hiciera.
Si entro a un café, mi rosa me mira desde mi taza, esperando que la pida. Hoy a mi té le echaré azúcar y será más dulce que nunca. Hoy a mi azúcar le pondré rosas y será más rosa que nunca. Mi café no es tan café ni tan dulce. Mi café no permitiría que oliera a mi rosa en su casa, mi café prefiere que lo huela a él y que ponga la crema sobre él y lo saboree con el mismo afán que piso las hojas de otoño y persigo a los caracoles en la tierra mojada. Mi café es un personaje celoso. No puedo ser tan irrespetuoso y tomar un té de rosas. Que mi rosa espere hoy, no puedo salir de la norma. “Mejor tráeme un cortado como a los demás”, terminé diciéndole a la mesera que, asintiendo, sintió mi pena por mi rosa.